domingo, 8 de enero de 2012

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COMO CONVERTIRSE EN UN HIJO DE PUTA

Porque las demandas políticas no deben centrarse en el trabajo y si en el reparto de la renta
El principal problema en este país no es el paro, sino el trabajo. El paro es el síntoma del agotamiento de un modelo de vida sostenido alrededor del trabajo, que empezó a decaer en Europa a finales de los años 70 y que ahora llega a su climax. Todas las reformas laborales llevadas a cabo en los últimos 30 años han ido encaminadas a perpetuar un falso equilibrio, que tras naturalizar la necesidad de precarizar el trabajo se maquillaba la realidad con  la emisión de crédito, de deuda colectiva, como sustituto a la masiva  rebaja de salarios.
La ren distintas caras de una misma degradación de los derechos conquistados antaño. La finalidad no es otra que la de aeconversión industrial, la puesta en marcha de las empresas de trabajo temporal, el recorte del disfrute y acceso a la prestación de desempleo, suponlargar la agonía del trabajo, la de estirar el chicle hasta que no de para más y el último que apague la luz. La actual disposición por parte de UGT a la hora de aceptar “moderaciones salariales” en un país con un 60% de asalariados que cobran menos de 1000 euros al mes, o el traspaso de trabajadores a tiempo completo a tiempo parcial como mecanismo contra el despido, dan clara muestra de ello. La precariedad ya pisaba fuerte en tiempos de bonanza y  ahora se afianza como una situación estructural y no pasajera: es el nuevo modelo de vida. Los mini-jobs pueden ser otra respuesta a la imperiosa necesidad de ofrecer empleo, inútil para la reproducción de la vida, pero si para las estadísticas.
No hay forma de crear trabajo en el actual estado de la realidad que no pase por la multiplicación de la precariedad, por la denigración de todo derecho laboral y la total servidumbre a unas condiciones laborales cada vez más degradantes para cualquier ser humano. En las sociedades premodernas, el trabajo era ante todo una actividad servil y privada. Con la modernidad se convirtió en el mecanismo de intervención en el espacio público, como una manera de integración social en el modelo industrial. En la actualidad el pensamiento sobre la función que cumple el trabajo sigue anclada a un modelo que ya no existe: El trabajo ya no garantiza el rango de ciudadano, ni si quiera cuando se tiene trabajo desaparece la incertidumbre precaria.
La economía no tiene ya nada que ver con una ciencia, se ha convertido en cambio, en pura inoculación de ideología que sacraliza un crecimiento indefinido, la competencia y el beneficio privado a costa del malestar colectivo; le cueste a quien le cueste. En el sentido común dominante, incluso las posturas de corte Keynesiano, que en otros tiempos eran tan alabadas, son ahora denostadas de manera fanática. No busquemos ninguna racionalidad, ninguna lógica medianamente coherente en las actitudes de los fondos de inversiones, las agencias de rating, o los grandes lobbys y buffets de abogados. Ninguno de ellos tiene la capacidad –tampoco la intención-, de modificar un ápice el curso de la economía. No se trata de apelar a su moralidad en abstracto, es en cambio, la pulsión y presión de un automatismo financiero que funciona como un dispositivo interno a las propias relaciones económicas, sociales, políticas y psicológicas. El automatismo condiciona cualquier acción y decisión.
Tenemos ante nosotros y nosotras la urgente necesidad, la hercúlea empresa de imaginar nuevos imaginarios para garantizar la vida humana y la del planeta. El aumento de un 25% en la venta de productos de lujo, el ascenso hasta un 6% en las ganancias de las grandes fortunas y las últimas medidas fiscales que graban al trabajo, son los datos de una batalla. Los de arriba son capaces de aumentar sus beneficios, incluso con menos trabajo directamente empleado,  con más paro, los de abajo se ven abocados al expolio de su renta, de los servicios públicos, a la deuda y al precipicio del desempleo o la precariedad. Cambiar la lógica, es sin duda reinterpretar el tiempo liberado por los avances tecnológicos y el conocimiento compartido. Centrar las demandas en el trabajo y no en la riqueza conduce a reforzar la ideología del trabajo y por lo tanto, el sometimiento a un mecanismo de integración extinguido. El tiempo liberado es sinónimo de dinero; debe estar al servicio de la sociedad y no sujeto al actual beneficio empresarial: neoesclavismo y precariedad o renta garantizada como poder social autónomo e innovador sobre el tiempo. La historia no sigue un camino marcado, como Beethoven, tenemos que agarrar el destino por el cuello. No nos dominará.

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