domingo, 8 de enero de 2012

Un Gobierno instalado en el eclipse #15M #1Persona1Voto #spanishrevolution #democraciarealya #globalrevolution #nolesvotes


Reconozco que el nuevo Gobierno me tiene boquiabierto o, según la célebre expresión de Dinio, confundido. Ha hecho cosas horribles, como nombrar ministro de Justicia a Gallardón, el tío que más ha humillado y manipulado la Administración de Justicia contra un periodista que, por casualidad, era yo; pero, ojo, no era su primera puñalada desde los juzgados a la libertad de expresión. De hecho, su carrera política comenzó secuestrando dos veces Cambio 16 por publicar que un guardaespaldas de Fraga estaba buscado por pertenecer a la Triple A argentina. Tampoco cabe olvidar las campañas calumniosas de Cobo, o sea, de ARG, contra Aguirre, lo del espionaje de pega, lagestapillo de broma y las traiciones sin gracia a Mariano, como a Aznar antes y siempre, hasta que después de la derrota por la mínima de 2008 Rajoy se gallardonizó o lo fingió. Pero como en El Linchamiento hay muchas páginas dedicadas a esas y otras fechorías, a ellas me remito.
Por supuesto, si Gallardón lo hiciera bien como ministro, es decir, si cambiara por completo, lo aplaudiré, y por tres motivos: en primer lugar, porque nada necesita más España que una Justicia despolitizada e independiente, tarea que sólo puede emprenderse a fondo desde el Gobierno; en segundo lugar, porque a nadie querría parecerme menos que a ese Tiberio de la política y Nerón de la economía; y en tercer lugar, porque sería un placer elogiarlo con motivo y quedar como un señor. Lo tercero y lo segundo me importan poco. Lo primero, todo. Pero, de momento, Ambiciones no me ha permitido el placer de alabarlo. Sea porque Rajoy lo ha sometido a dieta de esclavitud moral, sea por el síndrome de deprivación mediática que aqueja a los pupilos prisaicos, lo único que ha anunciado Gallardón es que pretende que los tribunales funcionen en agosto. Donosa ocurrencia que ha dado para un día de titulares y que no creo que tenga detrás una idea o un proyecto serio. Yo me conformaría con que los juzgados funcionaran mejor diez meses, e incluso ocho, pero, por supuesto, me encantarían ver a la Justicia trabajando doce meses al año y, si es preciso, en turnos de mañana, tarde y noche... Falta que ARG nos diga cómo hacerlo sin multiplicar plantillas y gastos, porque un ministerio no es como un Ayuntamiento, que lo aguanta casi todo. Pero, insisto, si en Justicia, clave de cualquier cambio, Gallardón acierta, lo aplaudiré encantado. ¡Qué digo aplaudir! ¡Lo ovacionaré!
En realidad, estas Navidades he tenido que entrenar en el deporte del elogio. Un día, va y leo que han nombrado Fiscal General del Estado a Eduardo Torres-Dulce, sucesor –y negador– de Cándido (El Malo) Conde Pumpido, que entre sus muchas fechorías perpetró la de perseguir a nuestro cowboy de medianoche. De no leerlo en LD, no creerlo. Pero no ha sido la única grata sorpresa: en Interior, Fernández Díaz ha puesto al frente de la Policía a Ignacio Cosidó, veterano colaborador de LD y látigo de faisanes (al menos –pensé, egoísta– la Fiscalía y la Policía no me perseguirán tanto). Y más aguinaldos: García Margallo, habitual colaborador prisaico, ficha a María Claver, colaboradora de César, para Comunicación y Diplomacia, valga la redundancia. Y además, al que fue hombre de Aznar en Cuba. Más nombramientos dignos de elogio: los equipos de Economía, Hacienda y la Oficina Presupuestaria, por lo que cuentan mis recartes y cabrillos, son de primerísima; por ejemplo, los Nadal. Sólo falta que a José María Marco lo hagan algo Lasalle o Martínez Castro y que el grupo Libertad Digital siga siendo bodega de altos cargos, porque seguro que serán buenos; si no para nosotros, para nuestra amada y arruinada Nación. Y hay cantera de sobra.
Lo que no entiendo de este Gobierno, con gente indeseable pero también con mucha gente respetable, es que haya elegido gobernar poco; y lo poco, contra sus votantes; y además, instalarse en el eclipse informativo. Lo primero y único que ha hecho Rajoy en público es recitar en un minuto y cuarenta segundos el nuevo Gobierno y, según dice la Vice, desaparecer del Congreso cinco semanas. Subir salvajemente los impuestos y no ir a las Cortes para explicarlo me humilla como ciudadano, me ofende como periodista y, sobre desagradable, me parece incomprensible.
El pasado jueves, seguí atentamente la rueda de prensa de la Portavoz y Vicepresidenta Sáenz de Santamaría, que, por acumulación de poder real, es más Vicetodo que cualquier Vice anterior, incluido Alfonso Guerra. Me interesaba, sobre todo, ver cómo explicaba el cambiazo en materia fiscal y económica; y también cómo escenificaba la estructura real de poder en el ámbito de las decisiones económicas. Explicar, no explicó nada, pero escenificar, lo escenificó absolutamente todo. Nunca un Dos se ha parecido tanto a un Uno. Recuérdese que el desvergonzado demagogo sevillano –me refiero esta vez a Guerra– tenía en Miguel Boyer no sólo a un virrey omnipotente en lo económico, sino en el codiciado puesto de hurí favorita del califa González. Ahora bien, cuando estalló la guerra, triunfó lo institucional –la legítima, decía Pedro J.– y Boyer se fue por lo de la Preysler y, sobre todo, porque Felipe no lo hizo Vicepresidente. Sin embargo, Guerra no triunfó del todo, porque nadie puede hacerlo teniendo a un césar por encima y Tigrekán II era mucho césar. Mariano Rubio y Solchaga, con el respaldo de Polanco, mantuvieron la economía a salvo del guerrismo. Y cuando Solchaga se desplomó en la Bolsa de Ibercorp tras arruinarnos en su campaña presidencial, Solbes fue un mero apósito, una simple cataplasma. Cuando se repitió el vendaje pasó lo sépticamente previsible: la herida se infectó. Y así estamos.
Con Aznar llegó Rato, cuyo poder –magnificado en el tiempo– era grande pero no autónomo, porque se limitaba al que le concedía Aznar. Barea primero y Montoro después frenaron la expansión natural de un político nato, o sea, con pocos escrúpulos y mucho talento. Pero, ay, como Solchaga y a lomos de la virtuosa salida de Aznar, financió su campaña presidencial con las reformas que dejó por hacer. Tampoco Aznar estaba ya para otra cosa que levantar su pedestal y bruñir su efigie, así que la economía quedó en las manos a que ha vuelto: las de Montoro. Que, pese a su aspecto de ingenuo profesor, ha acreditado astucia política para enterrar a cualquiera. Temo que a Guindos lo haya enterrado ya.
El problema es que el Santo Temor al Déficit de nuestros bisabuelos liberales, que sin duda padece Montoro, es menos vehemente que el temor a la defenestración. Y como Rajoy ha asumido de hecho la Vicepresidencia Económica, para ocultar el vacío en la despensa ha decidido llenarla de ratones. Ante un problema de tesorería, que es lo más verosímil, ha recurrido a lo más fácil: subir los impuestos directos, sobre el poco trabajo y el escaso capital, más incluso de lo que proponían los comunistas de IU. Malo es que el PP traicione su programa electoral. Horrible es que no crea en lo que en tiempos de Aznar, no tan lejanos y no menos montorizados, ya ha demostrado su eficacia: recortar el gasto público y bajar los impuestos. Sin embargo, uno tiene la impresión de que Montoro actúa como tesorero electoral de Arenas más que como el Don Cicuta del derroche de dinero público en las tres administraciones del Estado, casi todas en manos del PP. Y algo más que la impresión: la convicción de que Rajoy ha decidido pasar a la reserva o eclipsarse por completo sin explicar las razones que le han llevado a cambiar radicalmente su programa económico, que, por otra parte, es el del PP de toda la vida.
Ver un país que, como España, está al borde de la quiebra pero cuya casta política es incapaz de cerrar el infinito despilfarro de las televisiones públicas, pese a haber forjado en los años de ZP un duopolio televisivo que es incompatible con el pluralismo ideológico y la competencia empresarial, deprime a cualquiera. Que ni siquiera cuando perpetran una subida fiscal tan salvaje tengan la urbanidad de explicarla en las Cortes, ofende a todos. Y que la explicación de la Vicepresidenta sea que, puesto que el déficit es mayor que el que decía el PSOE (algo que se ha cansado de repetir el PP), hay que ser más de izquierdas que los de izquierdas y subir los impuestos directos a los ciudadanos –no los indirectos– manteniendo básicamente el gasto público, sólo demuestra que el Gobierno no tiene argumentos para hacer lo que hace, que es deshacer lo que iba a hacer. Y se le votó para eso.
Uno tiene la vieja impresión de que Mariano se aburre de nosotros. Y de Luis de Guindos. Y de su programa. Y de la obligación del Gobierno en un régimen democrático o que aspire a serlo de explicar sus decisiones. El eclipse de un líder omnímodo –el Gobierno demuestra hasta qué punto lo es Rajoy– acrecienta la sensación de Poder y seguramente su disfrute, pero no suple unas decisiones políticas que, además de decorosa y pulcramente democráticas, tienen que ser eficaces. Las que hasta ahora han tomado en Moncloa no son una cosa ni la otra. Son –o parecen– improvisaciones para salir del paso, no pasos en alguna dirección. Salvo, quizás, Despeñaperros. Y no es seguro que lleguen a Bailén.

8 de Enero de 2012 - 12:42:35 - Federico Jiménez Losantos

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